Hoy desperté a su lado. Éramos una
maraña de brazos y piernas, de esas veces en las que no sabes dónde termina uno
y empieza el otro. No sé exactamente cómo fue que acabamos así pues la noche
anterior nos dimos la espalda justo cuando la fiebre y el deseo cedieron al
cansancio. Como siempre.
A veces las realidades se me confunden y
pienso que tal vez haya en sus labios más que sólo la promesa de una noche. Pero
sé que todos es mentira, se supone que debe serlo. Jugar a amar, y amar, son
cosas distintas. Por eso acordamos, en una de esas charlas que no tenemos sobre
los temas que evitamos, que seríamos sólo eso: nada.
Pero estoy harta de la nada, del vacío
en sus ojos cuando me mira, de sentirme sola cuando estamos juntos, de sentirme
muerta cuando no está. Y aun así, no podría negarme a verlo. No tengo el valor
para decirle “vete”. Por su cuerpo, por la compañía, por las razones que quiera
poner de excusa en ese momento.
Así que me enojo por dentro, donde él no puede
mirar.
Y cuando se va, con el requerido beso
falso de los amantes ocasionales, tengo que recoger todos los pedazos en los
que me quiebro para regresar a mi vida normal.
6 de julio 2011
6 de julio 2011
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