"Creo que estoy enamorada de ti, así que ya no podemos vernos más"
Me miraste con la cara cara de sopresa y la boca ligeramente entre abierta, quise besarte en ese momento, pero en cambio te sonreí. Llevaba una semana pensando en la forma adecuada para hacerte la confesión pero todas resultaban estúpidas, justificantes de algo sobre lo que no tenía control. Y me preguntabas que qué tenía, que si estaba bien. No, estaba pudriéndome por dentro, por ti.
"Ya lo sé", contestaste un minuto después "Lo sé desde hace mucho, no se cómo pretendías seguir engañándote a ti misma, engañarme a mi. Pensé que estábamos bien así, que podías aguantar el juego, pero al parecer me equivoqué".
No sabes cuánto te odié por esas palabras. Sabías que te amaba y aun así decidiste continuar. No te culpo, tus necesidades debían ser mucho más fuerte que el bienestar de la tonta con la que te acostabas.Ojalá hubiera dejado de quererte ese día.
"Entonces, ya debes irte", susurré y desvié la mirada.
Escuché tus pasos dirigirse a la puerta y tu mano haciendo girar la perilla, lentamente.
"Lo más seguro es que yo intentaré volver a ti, así que debes decirme que no, ¿entendido?" el tono de tu voz era suave, como una caricia sobre mi cuerpo. Seguí sin mirarte y solamente alcancé a contestar un triste "Sí".
Cuando cerraste la puerta me senté al borde la cama, aspiré fuertemente el aroma que quedaba en la habitación cada vez que te ibas, no volvería a verte jamás. ¿Entendía yo todo lo que significaba para mi ese hecho? No. Sólo podía pensar en el dolor. Era un dolor más pesado que tu desamor. No podría soportarlo... Tomé mi celular y marqué tu número. Tu voz al otro lado de la bocina susurró: "Ya voy".
domingo, 24 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
Ignoto
Después de muchos meses, y más que nada para evitar tener que recordarlo, tomé el camino largo a casa, dos tediosas horas en el urbano, el cual recorre la ciudad de punta a punta por la orilla. Era nuestro único tiempo juntos, cuando la escuela y el trabajo lo permitían, tomábamos el recorrido disfrutando de esas dos gloriosas horas, solamente en su compañía tenían el derecho de ser gloriosas. Aprendí más de él en esos cortos recorridos que en nuestros encuentros de sábanas...
Pagué mi boleto y fui directo a los asientos de atrás, porque la vida me ha enseñado que siempre habrá que buscar el mejor lugar en caso de que tengas que huir, y siempre escojo esa parte porque de esta manera soy capaz de observar a los otros pasajeros. ¡Que sorprendentes historias se cuentan en un autobús! Si miras atento verás al adolescente marcar con tinta negra el nombre de su reciente amor en el respaldo de una silla, o la mujer que arrulla en brazos a su bebé mientras susurra una cancioncilla en su oído, o el hombre que saborea en sus labios los placeres del escote que porta aquella señorita... Si miras, si te detienes a observar, los viajes en colectivo son bastante recreativos.
Escogí un asiento vacío y me arrubujé mirando atentamente hacia la ventana. Eran casi las diez de la noche, hacía frío y yo sólo podía pensar en un par de brazos cálidos que se me negaban.
"¿Qué observas aquí?", me preguntó un chico, sentándose a mi lado al tiempo que me tendía una libreta. Lo había visto antes. Era una de las personas que él y yo nos encontrábamos siempre en el autobús, parecía que regresaba de la escuela porque cargaba una mochila oscura en su hombro. Se sentaba en la parte delantera, sin excepción, siempre el mismo lugar.
Lo miré sorprendida. Era moreno, de ojos color olivo y aunque estaba sentado, se le notaba que era muy alto. Parecía un jugador de basketball. Era gracioso pues el asiento era demasiado chico para él.
"Dime, ¿qué ves aquí?", inquirió nuevamente. Miré a sus manos, el cuadernillo de hojas blancas. Era un dibujo a carboncillo. Parecían trazos irregulares, pero si ponías mucha atención lo veías... había monstruos mitológicos, serpientes y gigantes, mujeres bailando en el fuego y hombres luchando contra enormes animales de cornamenta. Era maravilloso, intrigante y perturbador.
"Vida" le contesté. Y me apreté un poco más contra la ventana.
Él me miró directamente a los ojos y sonrió. Guardó hábilmente la libreta dentro de su mochila.
"¿Dónde está el chico?", y entendí perfectamente a quien se refería. Sentí un golpe en el estómago.
"En algún lugar que no es aquí", le devolví la sonrisa, intentado parecer sincera y despreocupada. Mi cabeza daba vueltas vertiginosamente.
"Que raro. Es tan extraño ver a uno sin el otro", comentó. Pero parecía estar hablando consigo mismo "Lo vi hace unos días, no tiene cara de que le guste hablar, pero esta vez se le notaba más molesto que de costumbre, excepto cuando venían tonteando, claro está".
Le sonreí.
"Es un tipo engañoso", convine.
Él me miró.
"Sin duda alguna, pequeña".
Se levantó del lugar y caminó, con dificultad, hacia su habitual asiento adelante. Disminuí drásticamente la ruta larga después de eso, y sólo lo vi una vez además de ese día y él sólo levantó la cabeza para sonreír fuzgamente cuando pasé a su lado. Ya para entonces yo iba acompañada de mi propio creador de monstruos.
martes, 12 de junio de 2012
Loca
"Es más que nada sexo" me dijo mi mamá, la primera y única vez hasta ahora que me han roto el corazón. "A nosotras el amor nos llega por la entrepierna, me contaba tu abuela. Una cree que puede dar el cuerpo sin entregar el corazón pero estamos equivocadas... ya después una se entera y sufre las consecuencias." Pensé entonces en las veces que le entregué mi cuerpo a otros sin amor y sin placer, motivada por venganza o por soledad. ¿Cómo explicarían ellas eso? Quizás no soy de la familia. Siempre lo sospeché. No cuento con esa belleza gitana de mi madre o el cerebro ambiguo de mi abuela. Seguro una enfermera se equivocó al recoger el bebé de la cuna "Mira nada más esta ratita blanca que no tiene pulsera de identificación y se confunde con esta otra preciosura morena" diría, al tiempo que carga a la ratita en brazos para llevársela a mi madre. "Estás bien loca" concluía ella cuando le contaba la historia.
Así loca nací, con propensión al drama, tendencia a la melancolía y adicción a las mentiras. ¿Qué le vamos hacer si a eso estoy acostumbrada? Aunque 21 años viviendo conmigo y todavía no reconozco el reflejo que me devuelve el espejo. A veces sí soy, a veces no. A veces me creo que estoy loca, a veces pienso que me hace falta cafeína.
Pero sí tienen razón. Entregué mi cuerpo la primera vez y el alma se me escapó en algún gemido. Ya no quiso regresar, se quedó allá con él. Y pienso que allá se quedará por mucho tiempo. No importa, puedo vivir sin ella. Al menos por ahora no la necesito porque hay que ver como hay hombres tarados en este mundo y yo tan de esas que los atraen como abejitas. Lo poco que tengo de miel se me escurre por la boca cuando miento. Miento mucho. Pero juro por algún ser supremo que ande de moda en estos rumbos, que son cosas que no puedo evitar. Me viene de familia ser encantadora. Es mi parte masculina egoísta que lo quiere todo para mi. Pero que cosas que cuando una lo tiene ya no lo quiere. Así, bien niña caprichosa.
Pero yo a él si lo quería, y lo deseaba mucho, con cada molécula de mi cuerpo y mi deficiencia mental. Lo quería más que a cualquier cosa y más que a cualquier otro que quiera en adelante. Así es como el primer amor viene a quebrar tu vida, a reestructurarla, a darle sentido a una cosa y a quitárselo en otra.
No es así en las películas. ¿No habrá un manual que te diga como lidiar con tanto amor?
A veces hubiera querido abrirme el pecho y arrancarme todo lo que tenía dentro para ver si así dejaba de sentirlo. Pero no estoy tan loca. Y el dolor... uy, el dolor.
"Tengo tu aroma en mis manos" me confesó él un día. "Me he bañado varias veces desde la última vez que te vi pero sigo oliéndote en todo mi cuerpo". Y lo entendí perfectamente, lo sigo entendiendo, porque desde el primer momento en que me tocó dejó cicatrices detrás de cada roce. Estaba yo tatuada de una tinta invisible con su aroma y que se prendía en llamas con la mano de otro... no es que sea yo la diosa sexual. Me quedé en algún punto de niña mimada y condesa de barrio. Se me fue de las manos la necesidad de encontrarlo en otros cuerpos. Como si eso fuera a compensar de alguna forma el vacío que había dejado cuando se marchó. Porque él se había ido mucho antes de que su cuerpo lo acompañara.
Aunque bueno, sobreviví al primero jurando solemnemente que en el próximo amor sería más cautelosa. Pero ahí voy a a enamorarme otra vez en uno de esos accidentes donde piensas en un nombre lo pones en el buscador de facebook y te aparece un tipo con perros diabólicos y monstruos de tinta negra.
Todo me sale al revés, no te digo. Estoy bien loca.
domingo, 10 de junio de 2012
Ceniza.
Cierro los ojos y lo siento. Hay algo oscuro dentro de mi cuerpo.
Al principio era apenas una sombra que se colaba sigilosamente en momentos incómodos, en momentos donde no debería sentir placer. Pero lo sentía. Era una deliciosa sensación que me palpitaba por todo el cuerpo cuando sabía que estaba haciendo algo prohibido, cuanto te miraba. Lo disfrutaba a cada tanto, porque el peligro se me subía por las piernas y se enroscaba como serpiente en mi torso para besarme en los labios. Porque yo no era yo, era alguien más. Alguien más corrupto y pecador. Capaz de cometer un asesinato, de reír con la cara del ultraje, de tocar la inmensidad de esa pasión desbordante y mal sana que provoca el peligro, de rozar la maldad con los dedos. De engañar. De arrasar. De destruir todo lo bello y reducirlo a cenizas quemándolo con mi fuego.
Pecado, murmura una vocecita de mi cerebro. Pero no escucho, no quiero escuchar. Quiero esto, lo quiero todo.
Me sumerjo de cabeza en la lujuria de tu cuerpo, en el deseo de tus ojos y la urgencia de tu boca.
Ven, vuélvete polvo en mis manos. No le decimos a nadie. Será secreto.
Prometo no volver a hablarte. No volveré a mirarte. Dentro de tus paredes se quedan mis besos.
Prometo llevarme mi olor cuando me marche. Ni rastro encontrará de este amor de una noche.
Ven.
Y en el océano basto de la mentira, nadamos desnudos. Cuerpos sin alma, solo cuerpo y manos. Placer que se desborda con gemidos intermitentes, uno aquí otro allá. Besos que se te caen de la boca por partes que no conocen la luz del sol. Luna que mengua en cada embestida. Calor.
De aquí en adelante no te recordaré. Pasaré de largo a tu lado sin mirar. No más palabras...
La historia habla de mi cuerpo desnudo y tus caricias.
¿Lo olvidaste?
Al principio era apenas una sombra que se colaba sigilosamente en momentos incómodos, en momentos donde no debería sentir placer. Pero lo sentía. Era una deliciosa sensación que me palpitaba por todo el cuerpo cuando sabía que estaba haciendo algo prohibido, cuanto te miraba. Lo disfrutaba a cada tanto, porque el peligro se me subía por las piernas y se enroscaba como serpiente en mi torso para besarme en los labios. Porque yo no era yo, era alguien más. Alguien más corrupto y pecador. Capaz de cometer un asesinato, de reír con la cara del ultraje, de tocar la inmensidad de esa pasión desbordante y mal sana que provoca el peligro, de rozar la maldad con los dedos. De engañar. De arrasar. De destruir todo lo bello y reducirlo a cenizas quemándolo con mi fuego.
Pecado, murmura una vocecita de mi cerebro. Pero no escucho, no quiero escuchar. Quiero esto, lo quiero todo.
Me sumerjo de cabeza en la lujuria de tu cuerpo, en el deseo de tus ojos y la urgencia de tu boca.
Ven, vuélvete polvo en mis manos. No le decimos a nadie. Será secreto.
Prometo no volver a hablarte. No volveré a mirarte. Dentro de tus paredes se quedan mis besos.
Prometo llevarme mi olor cuando me marche. Ni rastro encontrará de este amor de una noche.
Ven.
Y en el océano basto de la mentira, nadamos desnudos. Cuerpos sin alma, solo cuerpo y manos. Placer que se desborda con gemidos intermitentes, uno aquí otro allá. Besos que se te caen de la boca por partes que no conocen la luz del sol. Luna que mengua en cada embestida. Calor.
De aquí en adelante no te recordaré. Pasaré de largo a tu lado sin mirar. No más palabras...
La historia habla de mi cuerpo desnudo y tus caricias.
¿Lo olvidaste?
miércoles, 6 de junio de 2012
Memoria.
Hoy desperté a su lado. Éramos una
maraña de brazos y piernas, de esas veces en las que no sabes dónde termina uno
y empieza el otro. No sé exactamente cómo fue que acabamos así pues la noche
anterior nos dimos la espalda justo cuando la fiebre y el deseo cedieron al
cansancio. Como siempre.
A veces las realidades se me confunden y
pienso que tal vez haya en sus labios más que sólo la promesa de una noche. Pero
sé que todos es mentira, se supone que debe serlo. Jugar a amar, y amar, son
cosas distintas. Por eso acordamos, en una de esas charlas que no tenemos sobre
los temas que evitamos, que seríamos sólo eso: nada.
Pero estoy harta de la nada, del vacío
en sus ojos cuando me mira, de sentirme sola cuando estamos juntos, de sentirme
muerta cuando no está. Y aun así, no podría negarme a verlo. No tengo el valor
para decirle “vete”. Por su cuerpo, por la compañía, por las razones que quiera
poner de excusa en ese momento.
Así que me enojo por dentro, donde él no puede
mirar.
Y cuando se va, con el requerido beso
falso de los amantes ocasionales, tengo que recoger todos los pedazos en los
que me quiebro para regresar a mi vida normal.
6 de julio 2011
6 de julio 2011
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