Cierro los ojos y lo siento. Hay algo oscuro dentro de mi cuerpo.
Al principio era apenas una sombra que se colaba sigilosamente en momentos incómodos, en momentos donde no debería sentir placer. Pero lo sentía. Era una deliciosa sensación que me palpitaba por todo el cuerpo cuando sabía que estaba haciendo algo prohibido, cuanto te miraba. Lo disfrutaba a cada tanto, porque el peligro se me subía por las piernas y se enroscaba como serpiente en mi torso para besarme en los labios. Porque yo no era yo, era alguien más. Alguien más corrupto y pecador. Capaz de cometer un asesinato, de reír con la cara del ultraje, de tocar la inmensidad de esa pasión desbordante y mal sana que provoca el peligro, de rozar la maldad con los dedos. De engañar. De arrasar. De destruir todo lo bello y reducirlo a cenizas quemándolo con mi fuego.
Pecado, murmura una vocecita de mi cerebro. Pero no escucho, no quiero escuchar. Quiero esto, lo quiero todo.
Me sumerjo de cabeza en la lujuria de tu cuerpo, en el deseo de tus ojos y la urgencia de tu boca.
Ven, vuélvete polvo en mis manos. No le decimos a nadie. Será secreto.
Prometo no volver a hablarte. No volveré a mirarte. Dentro de tus paredes se quedan mis besos.
Prometo llevarme mi olor cuando me marche. Ni rastro encontrará de este amor de una noche.
Ven.
Y en el océano basto de la mentira, nadamos desnudos. Cuerpos sin alma, solo cuerpo y manos. Placer que se desborda con gemidos intermitentes, uno aquí otro allá. Besos que se te caen de la boca por partes que no conocen la luz del sol. Luna que mengua en cada embestida. Calor.
De aquí en adelante no te recordaré. Pasaré de largo a tu lado sin mirar. No más palabras...
La historia habla de mi cuerpo desnudo y tus caricias.
¿Lo olvidaste?
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