jueves, 21 de junio de 2012
Ignoto
Después de muchos meses, y más que nada para evitar tener que recordarlo, tomé el camino largo a casa, dos tediosas horas en el urbano, el cual recorre la ciudad de punta a punta por la orilla. Era nuestro único tiempo juntos, cuando la escuela y el trabajo lo permitían, tomábamos el recorrido disfrutando de esas dos gloriosas horas, solamente en su compañía tenían el derecho de ser gloriosas. Aprendí más de él en esos cortos recorridos que en nuestros encuentros de sábanas...
Pagué mi boleto y fui directo a los asientos de atrás, porque la vida me ha enseñado que siempre habrá que buscar el mejor lugar en caso de que tengas que huir, y siempre escojo esa parte porque de esta manera soy capaz de observar a los otros pasajeros. ¡Que sorprendentes historias se cuentan en un autobús! Si miras atento verás al adolescente marcar con tinta negra el nombre de su reciente amor en el respaldo de una silla, o la mujer que arrulla en brazos a su bebé mientras susurra una cancioncilla en su oído, o el hombre que saborea en sus labios los placeres del escote que porta aquella señorita... Si miras, si te detienes a observar, los viajes en colectivo son bastante recreativos.
Escogí un asiento vacío y me arrubujé mirando atentamente hacia la ventana. Eran casi las diez de la noche, hacía frío y yo sólo podía pensar en un par de brazos cálidos que se me negaban.
"¿Qué observas aquí?", me preguntó un chico, sentándose a mi lado al tiempo que me tendía una libreta. Lo había visto antes. Era una de las personas que él y yo nos encontrábamos siempre en el autobús, parecía que regresaba de la escuela porque cargaba una mochila oscura en su hombro. Se sentaba en la parte delantera, sin excepción, siempre el mismo lugar.
Lo miré sorprendida. Era moreno, de ojos color olivo y aunque estaba sentado, se le notaba que era muy alto. Parecía un jugador de basketball. Era gracioso pues el asiento era demasiado chico para él.
"Dime, ¿qué ves aquí?", inquirió nuevamente. Miré a sus manos, el cuadernillo de hojas blancas. Era un dibujo a carboncillo. Parecían trazos irregulares, pero si ponías mucha atención lo veías... había monstruos mitológicos, serpientes y gigantes, mujeres bailando en el fuego y hombres luchando contra enormes animales de cornamenta. Era maravilloso, intrigante y perturbador.
"Vida" le contesté. Y me apreté un poco más contra la ventana.
Él me miró directamente a los ojos y sonrió. Guardó hábilmente la libreta dentro de su mochila.
"¿Dónde está el chico?", y entendí perfectamente a quien se refería. Sentí un golpe en el estómago.
"En algún lugar que no es aquí", le devolví la sonrisa, intentado parecer sincera y despreocupada. Mi cabeza daba vueltas vertiginosamente.
"Que raro. Es tan extraño ver a uno sin el otro", comentó. Pero parecía estar hablando consigo mismo "Lo vi hace unos días, no tiene cara de que le guste hablar, pero esta vez se le notaba más molesto que de costumbre, excepto cuando venían tonteando, claro está".
Le sonreí.
"Es un tipo engañoso", convine.
Él me miró.
"Sin duda alguna, pequeña".
Se levantó del lugar y caminó, con dificultad, hacia su habitual asiento adelante. Disminuí drásticamente la ruta larga después de eso, y sólo lo vi una vez además de ese día y él sólo levantó la cabeza para sonreír fuzgamente cuando pasé a su lado. Ya para entonces yo iba acompañada de mi propio creador de monstruos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario