Recuerdo exactamente cómo me sentí la primera vez que lo vi. Fue igual a que una fuerza sobrenatural me levantara del suelo, elevándome sobre el aire, haciendo zumbar mis oídos, y aún así manteniéndome injustamente pegada al piso. No se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Él pasó de largo sin mirarme, sin mirar a ninguna de las mujeres que, aturdidas por su presencia, lo observaban ansiosas por su atención. Pero él siguió caminando con pasos distraídos, como si su mente estuviese en otro lado -y en ese momento no se me hubiera ocurrido dónde-.
"¿Quién es?" me escuché preguntar con una voz que no se parecía en nada a la mía. Y no supe, o no quise, oir la respuesta. Por ese breve momento, en el que él desfilo por el pasillo, decidí mantenerlo así, alejado de mi, inalcanzable. Porque ya me imaginaba lo peligroso que me resultaría pensar de más. Parecía como si de pronto todo su ser inundara el espacio, o quizás se trataba sólo que mi cuerpo estaba reaccionando a su imágen.
Mi cuerpo que antes se mantenía en letargo, viendo pasar la vida, siendo un testigo inactivo de las sensaciones y los sentimientos, despertaba ahora bajo la forma de un hombre inusual, un desconocido.
No me viene a la mente nada más que su imágen. No sé que hacía ahí, o que hizo después... sólo él. Cuando cruzó el umbral de la puerta hacia la salida, ladeó su cabeza directo hacia mi y sonrió... supe enseguida que ese rostro sería mi perdición.
Y lo fué... Yo que nada entendía del amor. Mucho tiempo después, aún ahora y por momentos, recordaría pormenores de nuestro tiempo juntos. De cómo empezó todo y de cómo acabo.
Me acordaría de diminutos detalles como la forma en que se torcía su boca al sonreír o la arruga que se formaba en su seño cuando estaba enojado. Me acordaría de la primera vez que me besó, de aquella larga caminata nocturna cuando el insomnio nos abrazó y todo lo que dijo, palabra por palabra, en el trayecto. Me acordaría de sus manos de fuego, dejando cicatrices por todo mi cuerpo, que se encendían cada vez que alguien más me tocaba. Me acordaría de su rostro apretado contra mi almohada, de su aliento acariciando mi cara, de su voz cantándome o contándome historias...
Me acordaría, también, de cada acción y cada palabra que efectué para recuperarlo. De la desesperación y la humillación cuando supe que jamás volvería. De las venganzas y el dolor que me provocaba no tenerlo a mi lado, de que ahora todo lo que había sido mio sería de otra mujer.
Y para el final, cuando no sabía como respirar sin pensar en él, recordaría todos y cada uno de los errores que cometí en su nombre.
Por suerte el tiempo y la distancia han sido mis mejores aliados. Y poco a poco voy sembrando en mi jardín de recuerdos más preciosos a este hombre sobrenatural, al que formé en mi mente y al real.
Creo que me estoy curando, si es que acaso una puede curarse del mal de amores. Aunque sospecho que las cicatrices se quedan siempre con uno, para recordarnos lo afortunados que somos por haber librado una batalla.
jueves, 31 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Camino a Ítaca
Acabo de leer un libro, esos que venden en los bazares por $20.00 y de los cuales el autor estaría orgulloso por ver su obra exponerse sobre un tapetito colorido junto al Manual de magia blanca para principiantes y El gran libro de efemérides, que habla sobre la mejor manera para liberarse del pasado. Y es que esto de llevar a cuestas todas las memorias de tu vida, es cansado. Tengo mis reservas en cuanto a si es correcto o no esta "liberación", quizás solo es importante olvidar un poco para abrir paso a nuevas memorias.
El libro, de un autor anónimo que probablemente no quiso decirle al mundo que él (o ella) tuvo la magnífica idea, dice que para vivir el presente hay que vaciar la memoria del pasado. Y la única forma de hacerlo es hablando mucho de él. Eso, exactamente. Hablar, contárselo a alguien más, que a su vez te cuente el suyo hasta el cansancio, hasta el aburrimiento, hasta que entiendas que no tiene sentido recordar algo que no puedes modificar. Y precisamente eso, contar tus memorias no como te hubiese gustado que fueran sino como en realidad sucedió. Intenté hacerlo y termine aturdida de tantos recuerdos que ni yo misma creía capaz de recordar.
Quisiera aclarar que mi receptor no estuvo en condiciones de asumir la gran responsabilidad de ser el recipiente de dichas memorias, pues aunque a todos nos gusta escuchar la vida de los demás, como tónico para sentir que la nuestra no está "tan mal" (no intentes negarlo lector, a todos nos ha pasado en alguna ocasión) hay veces en las que hablar seriamente sobre cosas que no son serias (pero que sin embargo, son importantes) no resulta atractivo... y he aquí el nacimiento de este blog.
El mito griego que narra la historia de Odiseo y su regreso a Ítaca, la tierra que lo vio nacer, me parece una analogía adecuada para mi vida y el camino que voy siguiendo para regresar. ¿Regresar a dónde? Exacto. Tengo un pequeño problemilla con esto del viaje. Hace unos años, y a pesar de que era una adolescente conflictuada con mi existencia (era más drama que problema real) tenía una idea clara sobre la vida y lo que quería de ella. Hace un año entendí que la gente crece, se modifica, evoluciona y deja de quererlo todo con la misma rapidez con la que lo quiso. Ahora quiero pero no se que quiero y sin embargo sigo queriéndolo con una fuerza sobrenatural e irracional, del saber que está ahí pero que aún no lo encuentro, porque no es el momento, porque no es el lugar, ni la gente... mi Ítaca está ahí. Y como dijo el autor anónimo, para vivir el presente (y ahora anexo: "para vivir el futuro") necesitamos contar la vida de ayer con la intención de hacerle un espacio a todo lo que viene y encontrar en las historias del pasado lo que quieres. Porque precisamente eso, no sabré en dónde me encuentro hasta que no rememore sitio por sitio cada lugar y momento en el que estuve y por el que ahora estoy aquí.
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
- Konstatínos Kaváfis, Ítaca
Te deseo lector, un feliz viaje de camino a Ítaca. ¡Y que vivas muchas adversidades!
Etiquetas:
Delirios
Ubicación:
97970 Tekax, YUC, México
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